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Lo confieso: estoy triste ¿Hay qué pedir perdón por estarlo? Pues entonces lo hago: perdón. Tampoco quiero callar algo que tengo atravesado desde hace algunos días: me tienen harto los que son, la van o creen pertenecer a esa inmaculada casta incombustible autoproclamada como la intelectualidad. Esos que desprecian el disfrute y las pequeñas alegrías populares. El fútbol es popular y lamento tener que ser el vocero de la bestial declaración. El fútbol ocupa un lugar demasiado grande en la vida social de muchísima gente, un hueco que otras actividades deberían completar. Este juego arranca y concede pequeñas reivindicaciones a un ejército relegado, amorfo y en expansión: el batallón de los perdedores. Es un encanto frágil, efímero y sin posibilidades, promesas ni garantías de nada; es sólo eso: un cachito de felicidad futbolera y balas de fogueo para salir al frío armado como los Pichis. A matar o morir, a reír o llorar, a pelearla o seguir durmiendo el sueño oscuro, denso y mortal, en el fondo de la grieta inmunda y húmeda, la pichicera, esa cueva excavada y carcomida a la tosca, al asfalto o a un hueco con vista al río, debajo de la autopista.
Es verdad: hace muchísimo tiempo que la pelota y sus arrabales se han transformado en un gran negocio. En un indecente y obsceno negocio. También se podría cuestionar: ¿Qué sector de nuestra sociedad aún no ha sido infectado por el abrazo traicionero e impúdico del negocio y sus desvergonzados negociantes?
Desde acá hacemos lo que podemos, a nuestra manera: con humor, ironía, escepticismo, euforia, color y quizás, muy poca imaginación. Ustedes dirán. O no. De aquí creció un pibe que, mirando la tele, admiraba el andar de sus jugadores, los de su país, copiaba sus movimientos y soñaba ser como alguno de ellos, jugar ese partido, el de su vida, para poder decirle a nadie: ganamos. Y decir ganamos a él lo incluye e integra. O percibe distante el eco de cierta sensación de simetría e igualdad. ¿De quién iba a ser hincha el pibe? ¿De Alemania? ¿De Italia? ¿De Costa de Marfil? ¿De Indios Chapeleufú? Por favor, obviemos por un instante toda la parte acreditada hasta la arcada; el del conocido mensaje de la amnesia idiotizante de las masas, la distracción colectiva y el humo que todo obnubila y cubre. Todos -estimo- sabemos de qué viene; cargamos con años de tragedias, descartamos o apilamos en nuestros bolsillos el fenómeno osmótico de la estupidez mediática y ella, no acontece únicamente durante un mundial de fútbol.
Está más claro que a nadie le va la vida detrás de una derrota trazada por el destino de una pelota de fútbol, tampoco compondremos los gravísimos problemas estructurales de nuestra sociedad mirando el canal Gourmet y secretando hectolitros de jugos gástricos mientras un señor prepara sushi, ese plato tan popular e infaltable en la mesa de cada argentino.
Mañana, ahora mismo, la vida continúa. En verdad, siempre sigue, antes, durante y después del minuto noventa, de cada suceso o insuceso, hay y habrá vida. Es bueno que lo puedan comprender todos aquellos que tanta gracia les causan éstos soplos de tristeza colectiva. Como si no tuviésemos motivos suficientes para -al menos- esquivarle por unas horas a ella; casi como si no lo mereciéramos.
Me ponen triste las despedidas; y además, caigo en la cuenta que el adiós me encuentra de una manera que no logré imaginar.
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Qué es la vida ajena sino la representación de aquello que no es nuestro sentir. ¿Eh? Sinceramente, la menor idea de lo que realmente es lo ajeno, más que lo que se congela como inadmisible. Derrota. No es de hombre llorar como un pibe cuando no se pateó al arco. Llorá porque le pegaste veinte veces en los palos, porque se te fueron diez pelotazos contra el cuerpo del arquero y ninguno entró. Porque se te quebró un mediocampista en pleno vuelo hacia el gol. Llorá porque te duele el cuerpo de correr sin fin alguno. Pero llorá para adentro hermano, tragate las lágrimas. No hay motivo para que los lagrimales suden, no lo hay. No es una cuestión de convencimiento sino de huevos. Eso que había que poner, se puso, pero no alcanzó pues las esferas miraban hacia adentro en vez de mirar hacia el arco del otro.
Va el segundo mundial que Argentina queda en el camino por una mínima diferencia: de la mano de Bielsa, contra Suecia; y ahora, con Pekerman. Y hago dos observaciones tozudas, terribles, tal vez injustas, pero ciertas. Ninguno de los dos técnicos acertó con los cambios, nunca. Sobre Bielsa mejor ni recordar. Pero aquí, con Pekerman, tuvimos un anticipo del error. Ya en el primer partido, los reemplazos mandaron al equipo para atrás. Hoy, los cambios anularon la efectividad en el último tramo de la defensa alemana. Hoy, Pekerman demostró que para dirigir la selección argentina hay que ser, primero que nada, antes que cualquier cosa, un ex jugador de fútbol de alto rendimiento. Un tipo que haya jugado finales, en serio. No torneos de adolescentes, sino con los dientes apretados, por la gloria misma entre leones con sed infinita.
Creo que ni el impresentable de Ruggieri (o la bestia Brown), en el rol de técnico, hubiese sacado a Riquelme, dejando a Messi en el banco. Burruchaga, incluso, es capaz de desarmar el mediocampo poniendo todos los atacantes posibles. Pero ya está, la esfervescencia quedó en las burbujas. Dentro de cuatro años seremos más viejos, estaremos más desilusionados, tristes, con menos esperanzas. Quizás el desánimo sea tal que en la próxima ganamos todo. Bah, ya poco importa…
Omar Genovese, a secas.
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Definición de banco (m.): Asiento de madera o piedra, con respaldo o sin él, en el que pueden sentarse varias personas.
Qué mundial raro, ¿no?
Mas allá de los acostumbrados arbitrajes pésimos: el habitual regreso a casa de la selección española en octavos de final, los corrientes triunfos de Brasil jugando bien o mal, las familiares notas de color que siempre tienen a los africanos como los más solicitados, los perseverantes noteros argentinos boludos, el sabido bombardeo de publicidades temáticas, la frecuente y enorme cantidad de gente saltando frente a toda cámara encendida, más las constantes apariciones de Pelé y Diego Armando por todos lados… están pasando cosas extrañas en Alemania 2006, algunas de ellas muy curiosas.
Daniele De Rossi, el jugador italiano que hace unos meses fue elogiado hasta el hartazgo por la digna actitud de sincerarse ante un referí que quiso convalidar un gol que él había hecho con la mano, en este torneo y en el segundo partido, le rompe la cara, de un codazo, a un rival.
Zico que se anima a gritar efusivamente el gol de Japón frente a Brasil -las cosas que debe haber dicho el gran nacionalista del fútbol, Oscar Ruggeri-.
El mediático Scolari que se la pasa gritando y enojándose con los jugadores holandeses, y que ni se sonrojó ante las actitudes desleales de sus dirigidos.
Pero por sobre todas las cosas, y para mí muy insólito, desearía que alguien me explique ésta locura de que jugadores como Trezeguet, Van Nistelroy, Essien o Del Piero, estén sentados en el banco de suplentes. ¿Qué les pasa a los técnicos? ¿Les está cayendo mal la weizenbier?
¿Qué hubiese sido del mundial 82 con Paolo Rossi entre los relevos, o el del 94 con Romario, de buzo, acomodado al lado de Parreira?
Por favor, y casi parafraseando al Salieri en el comienzo de Amadeus …técnicos mediocres del mundo, apuesten a los grandes jugadores, dejen sus egos y mezquindades de lado porque esto no se da todos los días, sólo cada cuatro años.
Patricio Nayar,
Crónico argentino (o argentino crónico) en la Selva Negra.
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Digámoslo de una buena vez: no tiene ningún sentido la neutralidad de la nacionalidad del árbitro de fútbol ¿Quién puede fundamentar con argumentos irrefutables que la actuación del español Luis Medina Cantalejo haya sido imparcial y justa? Nadie. La camiseta de Australia no tiene el peso de la Azzura y el jugador australiano Nelly no pudo cavar un hoyo o desaparecer en el preciso momento que el italiano Grosso pasó como yendo de la cama al living de su casita en Kaiserslautern. En una cuestión de dimensiones, el choque resultó inevitable.
Ghana nunca podrá salir victorioso jugando al fútbol sin arcos. Ellos, en el fondo de sus almas lo saben. En patas, tocando y tocando, son unos maestros, pero para ganar un partido de verdad, no alcanza. Pues entonces, no hacía falta ningún regalo para aletargado scratch. El segundo gol convertido por Adriano fue en contundente orsay ¿Qué pasaba por la cabecita del eslovaco Lubos Michael? Los jugadores de Ghana vieron el color amarillo del cartón por respirar profundo y transpirar. Imposible no hacerlo. No era necesario tanto rigor para los simpáticos tocadores que perdieron de vista los arcos. Nada voy a decir del desquiciado ruso que dirigió Portugal-Holanda. No tiene sentido alguno.
Sostengo un pensamiento, una pequeñita razón: un árbitro italiano no hubiera cobrado ese penal a favor de su país y un referee brasileño anulaba el segundo tanto. Seguro. Por pudor, por vergüenza ajena y para no cargar con el sanbenito mediático mundial de ser considerado el jugador número doce dentro del campo de juego.
El grado de imposibilidad de la medida no silenciará lo que pienso: propongo en vísperas de Argentina-Alemania (lo sé: inútil es hacerlo después) que el partido del viernes próximo sea dirigido por un árbitro alemán. Suspicacias y suspicaces existirán de todas maneras; pero de algo estoy seguro: nuestros forzosos atletas futboleros tendrán más garantías que con uno pito supuestamente neutral.
Acuérdense de este otario.
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El seleccionador de México, el argentino Ricardo Lavolpe, ha cobrado 10 millones de dólares en los casi cuatro años que lleva al frente de la selección azteca. El diario El Universal divulgó que su sueldo anual es de 2,4 millones. Lavolpe es el tercer entrenador mejor pagado del Mundial, tras Eriksson, con 7,6, y Klinsmann, 2,6. El técnico, pese a los malos resultados, quiere seguir.
(Fuente: La Vanguardia de España)
Addenda: Por ese dinero, todos (bloggers, lectores, evangelistas, cartoneros, presidentes, árbitros, etc., etc., etc., …) nos hacemos mexicanos, nigerianos, o lo que venga.
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Il mega-yacht “Pelorus” di Roman Abramovich, magnate russo e presidente del Chelsea, è appena arrivato nel porto di Lubecca, nel Nord della Germania. Il magnate russo non vuole perdersi lo spettacolo del Mondiale (e le comodità…). (Fuentte: AFP)
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1.
El fútbol debe ser uno de los pocos juegos de pelota en el que la simulación es parte del juego. Eso de alguna manera lo vincula con la Ficción, especialmente con el policial más que con la épica. Porque en el momento del foul entramos en una pequeña escena del crimen, apareciendo instantáneamente: una víctima, el victimario, testigos y la policía. Varias combinaciones son impredecibles, así como las consecuencias. El cúmulo de fuerzas que se disparon para provocarlo, serán incognoscibles (Portugal vs. Holanda) e inquietantes. Todo puede variar en el espectro que va del policial analítico al policial negro (del inglés al norteamericano). Tal vez la víctima no es víctima y penalizan a un inocente; tal vez el victimario siga impune; tal vez los testigos se agarran a palos entre sí; tal vez el policía (el árbitro y su pito discordante e intruso) viene corrupto del túnel o se ve sujeto a las presiones del poderoso. ¿Acaso el fraudulento penal a favor de Italia (vs. Australia) no ha sido un pequeño drama, un policial negro, siciliano? Y por supuesto, la maravillosa tecnología de la televisión, ha permitido la existencia de un narrador omnisciente, dinámico dios ubicuo con extraños atributos: el telebim, el zoom, la repetición, la mirada periférica, la cámara lenta, el tití fernández (así, con minúsculas) circulando por bancos y vestuarios (como el soplón que usan los ladri -y los star-reporters- sopapeándolo de tanto en tanto por algún rincón).
2.
He leído, divertido, en este mismo espacio, inquietudes y críticas al juego poco bonito de Brasil (al momento que escribo, aún no sé si le gana a Ghana). Es que Brasil juega casi sin motivaciones: 5 copas mundiales, garotas, fama, dinero, ser favoritos. Uno los ve jugar “hasta ahí”, a mínima, y adaptándose al juego del rival. Sin embargo, basta una motivación para provocarlos y hacerlos brillar, sacar lo mejor de sí. Por ejemplo, jugar con Argentina. Fijénse que todas sus propagandas nos tienen por rival (en su imaginario de spot publicitario), que en su sueño colectivo, la final es Brasil vs. Argentina. No sé si es para envanecerse (de un lado o del otro), pero creo que cuando nos crucemos (si eso ocurre), Ronaldhino tratará de reir, Ronaldo querrá bicicletear, las escapadas y contrataques serán brutales, Kaká pateará de media cancha como un poseso, y Cafú tendrá 20 años menos. Somos, hoy, su única razón de vivir, su única razón de jugar bonito (cada vez que digo Brasil, extraño ese pequeño paraíso que es Illha Grande: todo panorámico, todo azul…).
3.
A veces, veo un partido más como un campo de fuerzas y relaciones aerodinámicas, que como una conjunción de estrategias, destrezas y trucos (tal vez, por deformación profesional). ¿Sabían que la pelota, al girar con efecto, se comporta como un perfil alar, y por eso comba, por una fuerza de sustentación? Hacer rotar jugadores, insuflar nuevas fuerzas a través de los cambios o, por otro lado, que se pierdan jugadores súbitamente enrojecidos, provoca nuevas relaciones de fuerza. Como un tanque o una cisterna de aire, en ciertos sectores se forman remansos donde la pelota queda estancada; o se establecen corrientes canalizadas (siempre se entra por izquierda, por ejemplo). No hay forma: por más que protestamos y gritamos, nunca abren a la otra punta, como si fuese un corredor imantado; o también, se forman corrientes adversas igual que el salmón a contra corriente y frente a un salto de agua. ¿Por qué insisten queriendo gambetear y hacer túneles derrumbados por el medio, cuando es tan evidente que no se puede, que la pelota vuelve y vuelve como ante un dique? ¿Por qué no vadear el obstáculo, y “desbordarse” por los costados? Por otro lado, ¿no es sugestivo que algunas palabras empleadas en los relatos de fútbol, remitan a la náutica y a la aerodinamia? Acaso, ese tiro del Maxi Rodríguez contra México, ¿no siguió una curva parabólica de extraña belleza matemática? Es como si ese tubo de aire en el aire, ese surco de mínima fricción, haya sido trazado milésimas de segundos antes, cuando Bilardo decía in off “¡pegale, Maxi!”: oráculo súbitamente iluminado. Y uno, en la ebriedad del momento, atina a intuir la intervención de un dios griego de la velocidad, y dice: “¡Qué maestro! ¡Qué genio! ¡El pibe nos salvó! ¡Dios es argentino!”
4.
Alemania vs Argentina es una Final anticipada de éste Mundial, que duda cabe. Por supuesto, se barajan todas las combinaciones y opiniones posibles a medida que se descartan día a día, nuevos elementos. Aquí, donde me contengo trabajando, todos especulamos y analizamos componentes sicológicos, físicos, mediáticos y/o corporativos, pero es imposible saber qué sentiré en la tardecita del viernes, cuánta energía se disipará sobre las pantallas de TV. como pararrayos o jaulas de faraday, una vez que el arbitro termine el encuentro. Yo le voy a dar duro a mi deseo: que sea emocionante, que esté lleno de buen fútbol, que sea limpio y difícil como promete y, por supuesto, que ganemos. Nos venimos preguntando por qué tenemos que sufrir tanto. Creo que porque las mejores cosas se consiguen con esfuerzo, y con la inteligencia para administrar el uso de los recursos disponibles. Hoy, Pekerman cuenta con un pack de supervivencia por demás completo. Todo será poderoso y posible el viernes, una vez que el campo de fuerzas en Berlín, quede activado a las 17.00, hora local.
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Michael (izquierda), el Vizconde Nayar (centro) y el Ruso Verea (a derecha), antes de entrar al estadio.
¡Qué lejos queda la Germania!, dijo alguna vez cierto emperador romano.
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Hay dos cosas en este Mundial que me molestan: los ataques a Riquelme y a Heinze. Me refiero a los ataques verbales, a esos que se le escapan al hincha frente al televisor y que tienen a los dos jugadores como destinatarios casi exclusivos, chivos expiatorios. Riquelme es el destinatario porque todo el tiempo hace lo que sabe hacer: distribuir, tranquilizar, tomarse las cosas con calma. Heinze porque no juega a las muñecas.
Un defensor no es licenciado en relaciones públicas. Un defensor (no
con palabras, no con pensamientos: en el fútbol el que piensa, pierde), llegado a un determinado punto, todo lo que se propone es que el contrario no pase. Punto. Un defensor con juego liviano, un cultor de la escuela ingenua, no sirve ni para cantar el himno, muchachos. Un defensor pone la pierna de un modo brutal, que es su modo de decirle al contrario: “Hasta aquí llegaste”. No conozco muchos modos de decir eso con acciones. No hay muchos modos.
Señores, el sábado pasado, Heinze fue nuestro hombre en Leipzig, más que ninguno. Y si jugó duro fue porque los mexicanos son duros.
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Llegamos a cuartos de final. Que fue un verdadero parto y que nuestros testículos parecían haberse quedado a vivir en nuestras gargantas fueron las metáforas preferidas para definir ésta experiencia de sufrimiento. Pero bienvenida sea porque semejante la tortura nerviosa es propia del fútbol cuando explota en su exitismo eliminatorio, y muestra en carne viva el poder de su irracionalidad; la única vida y muerte que importan se jugarán con una pelota.
La verdad es que me pregunto por qué el partido implicó una vía crucis de 120 minutos, más allá de la tensión intrínseca de un match eliminatorio. En el primer tiempo, daba la sensación que cada vez que tomaba la pelota México no pararía hasta llegar al borde de nuestra área y someternos a un peligro inquietante. Argentina fue, en ese período, un equipo muy liviano en la marca, sin presión ni contención en el medio, dejándole al rival el camino libre hasta el borde del riesgo real de gol. Convengamos que los aztecas sorprendieron por su determinación de desprender jugadores e ir en busca del partido, pero el problema es que Argentina, cuando no tiene la pelota, elige pararse muy atrás, llevando los volantes centrales como cobertores delante de la línea de cuatro, con laterales que no salen a apretar a los carrileros rivales, desplegando -en general- una marca liviana, dejando demasiado espacio para la maniobra rival. Tal esquema funciona, más o menos bien, ante equipos que no atacan mucho, pero si los contrarios lanzan sus hombres hacia delante, la postura hace agua por todos lados. En el segundo tiempo, la situación mejoró estructuralmente; sumado a que México ya no ocupó espacios en ataque con tanta precisión. Un caso curioso es el de Mascherano que ha demostrado padecer un extraño síndrome: cuando juega con Cambiasso cerca no marca a nadie, pero renace como el Ave Fénix en cuanto se libera de la cercanía del rubio volante, tal como sucedió en la última parte de los 90 minutos regalmentarios y durante el suplemento, al punto de terminar recuperando pelotas importantes y mandando en su zona. La conclusión parece obvia: juntos no pueden jugar, ni al truco.
Respecto a las repercusiones mediáticas y no mediáticas del partido, lo que más me enferma es la desmesura que lleva a sobrecargar las expectativas -y lo que es peor-, la distorsión absoluta de la tabla de evaluación respecto a ciertos jugadores. Para sacar un “aprobado” a unos se les exige que entreguen epopeyas y genialidades a granel, como si fueran David Copperfield; a otros, en cambio, se los exime elogiosamente apenas con un par de intervenciones discretamente correctas. De Messi, todos están esperando que haga un par de goles como el de Maradona a los ingleses, para reconocerle una actuación positiva. No se entiende semejante desproporción. Lo que mostró fue excelente, sigue siendo una carta de desequilibrio ya que -aparte de haber manejado bien la pelota- aportó una jugada notable en el segundo tiempo suplementario cuando arrancó por izquierda, se deslizó en horizontal y armó una pared con Riquelme y Tévez, dejándole la pelota al apache que resbaló. El polémico Riquelme -en mi opinión jugó esta vez un muy buen partido-, mostró un gran despliegue (especialmente en el primer tiempo), buscando los espacios y alternativas, pero manteniendo una intensidad impensada hasta el momento. Incluso, metió varios pases profundos que no fueron gol por culpa de los que definían, pero en las leyes del resultadismo las virtudes o defectos de los que definen se cargan también al que da el pase.
Lo que viene ante Alemania es el mejor escenario para que el fútbol alcance su tensión infinita de rito, que cuaje su máxima emoción desesperada. El fútbol es la seducción salvaje de una guerra simbólica, una ficción de trascendencia consumada en la expresión más popularmente sublime, donde la mortalidad y la inmortalidad son súbitas e ingobernables tentaciones que quedan tan cerca y tan lejos de un milagro. Una configuración teatral, que habilita todo peligro de aniquilación estética; la inminencia del accidente injusto y convulsivo, la justicia divina de una euforia o una decepción inexplicables. Venimos de un instante que marca época -como el gol de Maxi Rodriguez-, colosal y explosivo, suceso dramático cargado de sospechas trascendentes. Nos espera una agrandada selección, en la que Klose -suplente del paraguayo Haedo Valdez en el Berden Bremen-, se ha convertido en una mezcla de Muller, Ronaldo y Cruyff. Sólo queda aguardar con el corazón expuesto a las llamas.