Crónicas Germanas


Balance mundial 2006
July 11, 2006, 7:51 pm
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La pelota tiene cara de defensa 

Lo esencial en la reglas del juego del fútbol -a contramano de la mayoría de los deportes- es favorecer al bando que defiende y complicar las cosas del que ataca. Ello genera parte de su atractivo: hacer un gol es algo tan significativo y trascendente por lo difícil y trabajoso de su obtención en condiciones normales del juego, y hace que se requieran habilidades extraordinarias. Pero esto tiene una contraparte sombría: no siempre el que predomina en el juego puede concretar esa superioridad en el marcador, y por ello, el que sabe neutralizar las acciones del rival, volcado más en defensa que en ataque, resulta el más beneficiado. En Rugby, por ejemplo, es imposible soportar un resultado sin el manejo de la pelota y en campo propio, ya que -tarde o temprano- el bando que domina la posesión y posición, aún sin llegar a concretar tries, generará penales a su favor ante infracciones simples de quien se defiende, obteniendo una mínima diferencia. En el básquet, la emoción pasa por la pequeñez de las diferencias del marcador, pero es imposible ganar un partido solamente defendiendo toda vez que la posesión está, por reglamento, igualitariamente repartida: obliga a atacar antes de cumplir 24 segundos de posesión de la esfera. 

Como dato de esta herencia reglamentaria, el fútbol-elite de hoy navega en un fiordo sin salida, casi círculo vicioso, fórmula que por trillada no deja de ser eficaz para describir ciertos procesos. Con un reglamento históricamente inmóvil -con algunos cambios menores de insignificante influencia-, en la paridad de la alta competencia las defensas superan a los ataques de una forma inexorable e insoportable. Defensores veloces, poderosos, atléticos y concentrados ganándole a delanteros cada vez más tibios, mediocres, escasos o con poca creatividad coordinativa. Los que impiden sumerjen a los que crean en una lucha de Davides contra Goliathes, con piedras enjabonadas, estériles, aburridas. De tanto fracasar, los jugadores más dotados hasta llegan a abandonar toda vocación de crear y de agredir;  se rinden de tanto rebotar contra los escudos humanos, convencidos de la estéril búsqueda que se demuestra, una y otra vez, infructuosa. La defensa hace rato que dejó de ser una cuestión de los cuatro que se paran más cerca del arco, sino que se trata de toda una trama de entre ocho y nueve hombres fanatizados en una idea incuestionable: lo que da ganancias es defender y lo que da pérdidas es atacar. El objetivo de sumar garantías en defensa es cada vez más obsesivo, y a la luz de los resultados, se adopta cada vez más como prioridad para los entrenadores. Los encargados de imponer el orden táctico de los equipos retacean a los desequilibrantes en cancha porque no sirven para sumar protección, y las probabilidades de que aporten una resolución son escasas. Así es que éste círculo vicioso opera a nivel de estrategias de juego y hasta parece haber calado hondo en la reproducción de jugadores casi de modo darwininiano: de una parte, poco número de delanteros y creadores, cada vez más faltos de confianza, se reproducen transmitiéndose el pandémico mal del Complejo de Impotencia, responsable de una declinante actitud.  De la otra parte, defensores cebados por tanta victoria y eficiencia se potencian al sentirse activos y altivos, imponiendo a todo equipo su lógica de vigilancia, mezquindad, especulación y temor. La consecuencia es que salen más y mejores destructores de juego, y menos y peores creadores; cuenta de la realidad que obviamente, a su vez, contribuye a incrementar la tendencia: disminución creciente de las posibilidades de éxito de cualquier estrategia agresiva, o basada en la imposición de la propia capacidad y toma de riesgos. 

Por eso creo que se trata de un problema global y no de un tema particular de Italia o Francia, o de cualquier otro equipo. Los azzurros, con esta misma actitud, habían fracasado dos veces: en la final de la Eurocopa 2000 contra Francia cuando ganaban 1 a 0, se metieron atrás a esperar y en pocos minutos les empataron y ganaron con un gol de Trezeguet;  y contra Corea del Sur en el mundial 2002, cuando aguantaban metidos en su arco, llegó una falla defensiva y adiós.  

Una cuestión siempre relativa 

En fútbol todos los brillos y las opacidades son relativos a las relaciones de fuerza en juego. Sólo así se explica que delanteros como Palermo en nuestro medio sean goleadores, frente a marcas débiles y torpes que todo lo facilitan. En toda acción hay una conjunción de aptitudes: cuanto más asimétrica es esa razón, más destacado parece la imposición de uno sobre otro. Buscando una analogía extra futbolística, recuerdo lo que declaraba el corredor de autos Juan María Traverso acerca de aquella arriesgada maniobra suya de sorpasso sobre su colega Juan Manuel Silva, en la vuelta final de una carrera de TC 2000: “para hacerla se necesitan 3 cosas; mucho talento, mucho coraje, y un boludo adelante”.  

Para que exista un gol como -por ejemplo el de Agüero a Racing en el torneo argentino del 2005- se necesita tanto un jugador con la habilidad de Agüero, como un defensor permisivo (y con cintura de madera) como Crosa. ¿Que pasaría frente a un Thuram o un Cannavaro? ¿Podría ser posible semejante pirueta en el área? Inversamente, para que los Cannavaro y Thuram superen a los Yaquinta y Henry se necesita la calidad de tales defensores, pero también, tantos delanteros faltos de potencia, convicción y talento equilibran la ecuación. Por ello, en el fútbol de ligas nacionales, el espectáculo se hace más agradable; la deficiencia de los marcadores y la asimetría de poderío entre los equipos lo hace atractivo. Los creadores, imbuidos de ese dato, se sienten seguros y salen a acatar con mucha intensidad, vulneran a las defensas y se benefician de sus errores para darle un poco de excitación goleadora. En el fútbol argentino -como en el inglés o cualquier otro de fuerzas bien desparejas- cualquiera con buen pie se las arregla para hacer goles y encender llamas de ilusión.  

Demasiado en juego para un  juego 

La trascendencia planetaria desmedida del evento Mundial dentro del fútbol conspira contra el juego. Los flujos económico-sociales de un gol de más, o de menos, son incalculables. El fútbol de alta competencia internacional no es pasible de ser considerado como un “espectáculo” en el sentido artístico, ya que lo único que determina el descomunal interés sobre él como espectáculo es lo que está en juego por el resultado. Tras un triunfo o una derrota cambian vidas y muertes, se disparan destinos estelares o se hunden en ciénagas infinitas. Jugar cada cuatro años -un período muy extenso- potencia aún más tal trascendencia económico-mediática. 

Que sea demasiado lo que está en juego en unos pocos partidos mata al fútbol en cancha. Un rebote o mal pase puede cambiar el estado de ánimo en países y sociedades enteras, o modificar operaciones económicas por cifras astronómicas. Todo se tensa a un punto extremo, y la tensión en fútbol produce mayor cautela y temor, no en mayor vigor, atrevimiento y riesgo.  

También influye para mal, un sistema de competencia absurdo, que obliga a los equipos con posibilidades a eliminarse a partir de octavos, sin posibilidad de desarrollo competitivo entre si. Se gasta un enorme tiempo en los tres partidos de primera fase: para lo único que sirven es para dar lugar a horribles equipos de relleno que la FIFA debe incluir por cuestiones económicas, obligando a los que realmente tienen chances al riesgo de lesiones en un partido de cruces azarosos, frente a bestias torpes. Ojalá se archive tal formato de play-off que lo único que asegura es el pánico de jugadores y técnicos, hasta prolongarse en alargues inhumanos, o penales donde parece que siempre gana el que peor jugó. No es fácil imaginar propuestas en algo tan cerrado como el fútbol, será tema de otro post. 

Las esperanzas sudamericanas se sabotearon a sí mismas 

Estoy convencido que Argentina tuvo cartas para torcer la ecuación de cualquier esquema dominante, pero por las erróneas decisiones del cuerpo técnico -en cuanto a la elección de las mejores opciones de plantel para momentos clave, sumado a algunos supuestos problemas internos- nos privó de desplegar el máximo potencial. El peor error fue escamotear la presencia de Messi, quien era la esperanza del fútbol impredecible y creativo. Con la excusa de “preservarlo” se lo excluyó de una titularidad indiscutible que, antes del mundial incluso, aparecía como un hecho natural. Por ignorancia, celos o necedad, el equipo argentino saboteó su mejor arma potencial, desechándola soberbiamente en los primeros partidos, cuando le alcanzó para ganar con elementos de inferior valía.  

El mundo quería ver a Ronaldinho, a Kaká, y a varios de sus compañeros que podían inclinar el juego hacia la creatividad. De esto se encargó de privarnos el propio Brasil, sumido por su entrenador en una autoindulgencia malsana de creer que podía resolver todo sin despeinarse. La indolencia de sus figuras para superar las adversidades, llevaron al jogo bonito a un ahogo secular, sin encontrar el temido funcionamiento goleador. 

Antes estas defecciones graciosas era de esperar que una vez más Europa fuera para los europeos, y valga la redundancia, para los defensivos. 

Gracias a los que acompañaron, y una puteadita cariñosa y futbolera para las siguientes personas que me cagaron la ilusión:  

- A Pekerman por sus errores y horrores.

- A  Heinze por perder la marca de Klose en el gol de Alemania.

- A Ayala por ser mufa y entregar el penal.

- A Cambiasso por entregar el penal.

- A Riquelme por todo lo que no hizo. 

¡Hasta Sudáfrica 2010! 

Julio Zoppi


2 Comments so far
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Esto se veia venir con el triunfo del antifútbol griego en la Eurocopa 2004, y ahora con los tanos.No supimos ganar cuando se tenia que ganar.

Comment by Party Animal

ford nassau

Comment by heilehigma




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