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Hoy es la final. La tan mentada, enfervorizante, adrenalínica. Dos equipos dejarán todo en el rectángulo de pasto. ¿Importa a los argentinos? No. Hoy el sol ha salido intenso, invitando a dar vueltas por ahí, para combatir el invierno o sus soplidos tímidos. Los gurúes vulgares, aquellos que tejieron su manto escéptico post corralito hacia el fútbol, habían supuesto lo definitivo: una final europea para europeos. Endogamia simple.
Debo reconocer que cierta razón los salva, al menos del falso orgullo. Pero salta la evidente miseria de los más ricos: el peor fútbol de la historia se enfrentará por una copa política. La que redimirá los blasones caídos de Italia (entre corruptelas, posibles caídas de categoría, mafia y política), o el espectro de diversidad racial y segregación económica en que la Francia actual ha sufrido con la quema inusitada de vehículos a manos de inmigrantes, tan inmigrantes como la mayoría de sus futbolistas. Bálsamo, ninguno. Quien gane tendrá un pasaporte político de bajo vuelo.
He visto diez mundiales de fútbol, y éste ha sido el más pobre de todos. Es probable que Italia llegue con un juego de equipo más contundente que Francia. De todas formas, ambos llegan -cada uno- con un penal definitorio y dudoso en su haber. Por lo que debemos concluir algo terrible: las buenas intenciones futbolísticas de nada sirven, salvo distracción de los dirigentes de turno.
De todas formas, salud Zidane. Salud Del Piero. Que la pelota brille, al menos, ese breve instante en la eternidad mínima de la inutilidad humana.
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