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O sea, hasta el último día del mes pasado. El mundial de los nuestros terminó el viernes 30 de Junio. Un chupetín mediático para muchos de los que, aferrados a las victorias del once futbolero nacional, las tomaron como propias. No existe coeficiente Gini que sostenga lo insostenible: millones de ángeles perdedores que cargan tristezas y hambrunas acumuladas por unos días cerraron los ojos y meta nomás: “Y dale alegría a mi corazón” ¿Qué se les puede reprochar? Son muchos, demasiados, los tumbados en penurias diarias: más del 45% de la población se encuentra debajo del índice de pobreza oficial; imaginar el real, provoca escozor y escalofríos. Digo: la vida que se vive por fuera del periódico impreso en las oficinas editoriales K. Y no intento correr el discurso de lo deportivo a lo sociológico, que de ello se encarguen los que saben, pero es indudable que es necesario e imprescindible reconocerse ganador de algo, aún siendo espectador. Y la puta, se volvió a perder, otra vez. Y duele, pues aún jugando bien -el que mejor lo hizo, seguramente-, se perdió. O sea: perdimos, fuimos, no va más. La pregunta surge inevitable ¿Qué hay que hacer para ganar algo, alguna vez, entonces? Mascullémoslo con algo de bronca: es muy parecido a vivir, más tarde o más temprano, y el que juega bien termina por ganar; la cuestión es que mientras tanto, se va la vida. Pero vivir sólo cuesta vida. Nada menos.
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