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Llegamos a cuartos de final. Que fue un verdadero parto y que nuestros testículos parecían haberse quedado a vivir en nuestras gargantas fueron las metáforas preferidas para definir ésta experiencia de sufrimiento. Pero bienvenida sea porque semejante la tortura nerviosa es propia del fútbol cuando explota en su exitismo eliminatorio, y muestra en carne viva el poder de su irracionalidad; la única vida y muerte que importan se jugarán con una pelota.
La verdad es que me pregunto por qué el partido implicó una vía crucis de 120 minutos, más allá de la tensión intrínseca de un match eliminatorio. En el primer tiempo, daba la sensación que cada vez que tomaba la pelota México no pararía hasta llegar al borde de nuestra área y someternos a un peligro inquietante. Argentina fue, en ese período, un equipo muy liviano en la marca, sin presión ni contención en el medio, dejándole al rival el camino libre hasta el borde del riesgo real de gol. Convengamos que los aztecas sorprendieron por su determinación de desprender jugadores e ir en busca del partido, pero el problema es que Argentina, cuando no tiene la pelota, elige pararse muy atrás, llevando los volantes centrales como cobertores delante de la línea de cuatro, con laterales que no salen a apretar a los carrileros rivales, desplegando -en general- una marca liviana, dejando demasiado espacio para la maniobra rival. Tal esquema funciona, más o menos bien, ante equipos que no atacan mucho, pero si los contrarios lanzan sus hombres hacia delante, la postura hace agua por todos lados. En el segundo tiempo, la situación mejoró estructuralmente; sumado a que México ya no ocupó espacios en ataque con tanta precisión. Un caso curioso es el de Mascherano que ha demostrado padecer un extraño síndrome: cuando juega con Cambiasso cerca no marca a nadie, pero renace como el Ave Fénix en cuanto se libera de la cercanía del rubio volante, tal como sucedió en la última parte de los 90 minutos regalmentarios y durante el suplemento, al punto de terminar recuperando pelotas importantes y mandando en su zona. La conclusión parece obvia: juntos no pueden jugar, ni al truco.
Respecto a las repercusiones mediáticas y no mediáticas del partido, lo que más me enferma es la desmesura que lleva a sobrecargar las expectativas -y lo que es peor-, la distorsión absoluta de la tabla de evaluación respecto a ciertos jugadores. Para sacar un “aprobado” a unos se les exige que entreguen epopeyas y genialidades a granel, como si fueran David Copperfield; a otros, en cambio, se los exime elogiosamente apenas con un par de intervenciones discretamente correctas. De Messi, todos están esperando que haga un par de goles como el de Maradona a los ingleses, para reconocerle una actuación positiva. No se entiende semejante desproporción. Lo que mostró fue excelente, sigue siendo una carta de desequilibrio ya que -aparte de haber manejado bien la pelota- aportó una jugada notable en el segundo tiempo suplementario cuando arrancó por izquierda, se deslizó en horizontal y armó una pared con Riquelme y Tévez, dejándole la pelota al apache que resbaló. El polémico Riquelme -en mi opinión jugó esta vez un muy buen partido-, mostró un gran despliegue (especialmente en el primer tiempo), buscando los espacios y alternativas, pero manteniendo una intensidad impensada hasta el momento. Incluso, metió varios pases profundos que no fueron gol por culpa de los que definían, pero en las leyes del resultadismo las virtudes o defectos de los que definen se cargan también al que da el pase.
Lo que viene ante Alemania es el mejor escenario para que el fútbol alcance su tensión infinita de rito, que cuaje su máxima emoción desesperada. El fútbol es la seducción salvaje de una guerra simbólica, una ficción de trascendencia consumada en la expresión más popularmente sublime, donde la mortalidad y la inmortalidad son súbitas e ingobernables tentaciones que quedan tan cerca y tan lejos de un milagro. Una configuración teatral, que habilita todo peligro de aniquilación estética; la inminencia del accidente injusto y convulsivo, la justicia divina de una euforia o una decepción inexplicables. Venimos de un instante que marca época -como el gol de Maxi Rodriguez-, colosal y explosivo, suceso dramático cargado de sospechas trascendentes. Nos espera una agrandada selección, en la que Klose -suplente del paraguayo Haedo Valdez en el Berden Bremen-, se ha convertido en una mezcla de Muller, Ronaldo y Cruyff. Sólo queda aguardar con el corazón expuesto a las llamas.
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[...] Hoy, en Crónicas Germanas, Julio Zoppi y Guillermo Piro, dejan de agitar los trapos y se bajan de alambrado para reflexionar. Posted in Incontinente | [...]
Pingback by el fantasma » Blog Archive » Crónicas de la angustia June 26, 2006 @ 2:27 pmYo soy un colombiano sumado a la Argentina, tal como lo publique en Revista semana de Colombia, que tambien se puede leer en mi blog: Y si me preguntan quien será el campeón, los ojos me brillan, se acelera el corazón y digo emocionado “Póngase de pie, ahí va la Argentina”. Lo mío no es fanatismo de un mundial, es cuestión de culto y de haber aprendido a querer el fútbol gaucho desde mi más tierna infancia cuando recuerdo algunos goles, a Valdano, Ruggeri y Maradona levantando la Copa como campeones del mundo. Eso no se olvida y marca a quien ame el fútbol, tal como me lo enseñó mi padre, por eso espero que la banda de Pekerman se traiga la tercera
Comment by Fabio parra beltran June 28, 2006 @ 10:10 pm