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Cuando todavía jugaba en Juventus, Jorge Valdano decía de él que era un elefante con el cerebro de una bailarina. Cuentan en Madrid que la bandera exhibida por los hinchas del Real, en el Bernabeu ,el día de su despedida frente al Villareal, decía “Viva la madre que te parió”. Tal frase tiene pasado, autor y copyright: un relator de radio de España que, incrédulo, lo único que atinó expresar aquella noche fue ésa frase, cual mágica culminación de la maniobra confabulada entre Solari y Roberto Carlos, cuando el brasileño terminó entregándole el balón a él, para que decidiera qué hacer. Y fue allí, en ese preciso instante, minutos antes de culminar el primer tiempo, con el partido igualado en uno; decía, el tiempo en acordada con los dioses de la pelota dispuso entretenerse como un niño y mirándolo, dejó transcurrirse suave y amodorrado, mientras el gigante de 1,85 de estatura y 80 kilos de peso se elevó apenas unos centímetros del césped, logrando acomodar su anatomía en vuelo, mientras la pelota giraba en el espacio iluminado de neón en busca de su empeine tenso y arqueado al encuentro del contacto definitivo, del roce deseado, del impacto irreversible. No existía posibilidad alguna de fracaso: su volea dibujó un prodigioso y emocionante trazo estelar; el balón viajó imparable sin ser percibido por el gentío, quienes azorados y en silencio, rozaban la perplejidad del acto cuando el esférico ingresó por el ángulo, haciendo temblar la red de pura emoción nomás. Él, mientras tanto y como si nada, observó, giró y continuó con el ritual danzante del festejo sin perder compostura y armonía, en tanto sus pies propiciaban leves y suaves cosquillas a la hierba humedecida en rocío.
Aquel partido ocurrió un 15 de Mayo del 2002 en el estadio Hampden Park de Glasgow, Escocia, en el que Real Madrid vencía 2 a 1 al Bayer Leverkusen logrando por novena vez en su historia la Liga de Campeones de Europa.
Nunca se le escuchó alzar la voz, ni siquiera cuando el incalificable Jean-Marie Le Pen se pronunciaba y criticaba todo aquello que Zidane y la selección francesa representaban por entonces: la inmigración , la mezcla cultural. Él, hijo de argelinos, formado y criado en un barrio obrero de Marsella, tan sólo atinó a murmurar que alcanzaba con imaginar las consecuencias que podía llegar a acarrearles tener que votar por un partido que no correspondía con los valores de Francia.
El sábado 27 de mayo, Zinédin Zidane pisó por última vez el césped del Saint Denis con la camiseta francesa, el mismo estadio que lo consagró campeón del mundo con la selección de su país. Hace un mes en el Bernabeu, Zizou les decía adiós a los españoles y al Real Madrid; esa tarde intercambió su camiseta con quien quizás sea su sucesor: Juan Román Riquelme. Cuentan que esa despedida le resultó más difícil de afrontar que la final con Brasil en 1998.
El miércoles 31 Francia enfrentará en Lens a Dinamarca y luego, el 7 de junio jugará ante China en el Stade Geoffroy Guichard de Saint-Etienne; ése será el último encuentro preparatorio antes del Mundial. Un martes 13 de junio y frente a Suiza en Stuttgart, Alemania, Zizou comenzará su despedida de manera lenta y armoniosa. Elaboremos algún conjuro para que el tiempo se detenga, como aquella noche en Glasgow.
© Norberto Trinchieri
2 Comments so far
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Salud a un gran jugador, un felino de los campos de fútbol que parecía deslizarse por el césped cuando todos los demás corrían..
Comment by Tino Hargén May 29, 2006 @ 8:01 pm[...] Zinédin Zidane anda de despedida en despedida. Lo vamos a extrañar. Intento explicarlo en El Fantasma y en Crónicas Germanas. [...]
Pingback by Y cada día te quiero más » Blog Archive » Au revoir, Zizou May 30, 2006 @ 1:57 am