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La pelota tiene cara de defensa
Lo esencial en la reglas del juego del fútbol -a contramano de la mayoría de los deportes- es favorecer al bando que defiende y complicar las cosas del que ataca. Ello genera parte de su atractivo: hacer un gol es algo tan significativo y trascendente por lo difícil y trabajoso de su obtención en condiciones normales del juego, y hace que se requieran habilidades extraordinarias. Pero esto tiene una contraparte sombría: no siempre el que predomina en el juego puede concretar esa superioridad en el marcador, y por ello, el que sabe neutralizar las acciones del rival, volcado más en defensa que en ataque, resulta el más beneficiado. En Rugby, por ejemplo, es imposible soportar un resultado sin el manejo de la pelota y en campo propio, ya que -tarde o temprano- el bando que domina la posesión y posición, aún sin llegar a concretar tries, generará penales a su favor ante infracciones simples de quien se defiende, obteniendo una mínima diferencia. En el básquet, la emoción pasa por la pequeñez de las diferencias del marcador, pero es imposible ganar un partido solamente defendiendo toda vez que la posesión está, por reglamento, igualitariamente repartida: obliga a atacar antes de cumplir 24 segundos de posesión de la esfera.
Como dato de esta herencia reglamentaria, el fútbol-elite de hoy navega en un fiordo sin salida, casi círculo vicioso, fórmula que por trillada no deja de ser eficaz para describir ciertos procesos. Con un reglamento históricamente inmóvil -con algunos cambios menores de insignificante influencia-, en la paridad de la alta competencia las defensas superan a los ataques de una forma inexorable e insoportable. Defensores veloces, poderosos, atléticos y concentrados ganándole a delanteros cada vez más tibios, mediocres, escasos o con poca creatividad coordinativa. Los que impiden sumerjen a los que crean en una lucha de Davides contra Goliathes, con piedras enjabonadas, estériles, aburridas. De tanto fracasar, los jugadores más dotados hasta llegan a abandonar toda vocación de crear y de agredir; se rinden de tanto rebotar contra los escudos humanos, convencidos de la estéril búsqueda que se demuestra, una y otra vez, infructuosa. La defensa hace rato que dejó de ser una cuestión de los cuatro que se paran más cerca del arco, sino que se trata de toda una trama de entre ocho y nueve hombres fanatizados en una idea incuestionable: lo que da ganancias es defender y lo que da pérdidas es atacar. El objetivo de sumar garantías en defensa es cada vez más obsesivo, y a la luz de los resultados, se adopta cada vez más como prioridad para los entrenadores. Los encargados de imponer el orden táctico de los equipos retacean a los desequilibrantes en cancha porque no sirven para sumar protección, y las probabilidades de que aporten una resolución son escasas. Así es que éste círculo vicioso opera a nivel de estrategias de juego y hasta parece haber calado hondo en la reproducción de jugadores casi de modo darwininiano: de una parte, poco número de delanteros y creadores, cada vez más faltos de confianza, se reproducen transmitiéndose el pandémico mal del Complejo de Impotencia, responsable de una declinante actitud. De la otra parte, defensores cebados por tanta victoria y eficiencia se potencian al sentirse activos y altivos, imponiendo a todo equipo su lógica de vigilancia, mezquindad, especulación y temor. La consecuencia es que salen más y mejores destructores de juego, y menos y peores creadores; cuenta de la realidad que obviamente, a su vez, contribuye a incrementar la tendencia: disminución creciente de las posibilidades de éxito de cualquier estrategia agresiva, o basada en la imposición de la propia capacidad y toma de riesgos.
Por eso creo que se trata de un problema global y no de un tema particular de Italia o Francia, o de cualquier otro equipo. Los azzurros, con esta misma actitud, habían fracasado dos veces: en la final de la Eurocopa 2000 contra Francia cuando ganaban 1 a 0, se metieron atrás a esperar y en pocos minutos les empataron y ganaron con un gol de Trezeguet; y contra Corea del Sur en el mundial 2002, cuando aguantaban metidos en su arco, llegó una falla defensiva y adiós.
Una cuestión siempre relativa
En fútbol todos los brillos y las opacidades son relativos a las relaciones de fuerza en juego. Sólo así se explica que delanteros como Palermo en nuestro medio sean goleadores, frente a marcas débiles y torpes que todo lo facilitan. En toda acción hay una conjunción de aptitudes: cuanto más asimétrica es esa razón, más destacado parece la imposición de uno sobre otro. Buscando una analogía extra futbolística, recuerdo lo que declaraba el corredor de autos Juan María Traverso acerca de aquella arriesgada maniobra suya de sorpasso sobre su colega Juan Manuel Silva, en la vuelta final de una carrera de TC 2000: “para hacerla se necesitan 3 cosas; mucho talento, mucho coraje, y un boludo adelante”.
Para que exista un gol como -por ejemplo el de Agüero a Racing en el torneo argentino del 2005- se necesita tanto un jugador con la habilidad de Agüero, como un defensor permisivo (y con cintura de madera) como Crosa. ¿Que pasaría frente a un Thuram o un Cannavaro? ¿Podría ser posible semejante pirueta en el área? Inversamente, para que los Cannavaro y Thuram superen a los Yaquinta y Henry se necesita la calidad de tales defensores, pero también, tantos delanteros faltos de potencia, convicción y talento equilibran la ecuación. Por ello, en el fútbol de ligas nacionales, el espectáculo se hace más agradable; la deficiencia de los marcadores y la asimetría de poderío entre los equipos lo hace atractivo. Los creadores, imbuidos de ese dato, se sienten seguros y salen a acatar con mucha intensidad, vulneran a las defensas y se benefician de sus errores para darle un poco de excitación goleadora. En el fútbol argentino -como en el inglés o cualquier otro de fuerzas bien desparejas- cualquiera con buen pie se las arregla para hacer goles y encender llamas de ilusión.
Demasiado en juego para un juego
La trascendencia planetaria desmedida del evento Mundial dentro del fútbol conspira contra el juego. Los flujos económico-sociales de un gol de más, o de menos, son incalculables. El fútbol de alta competencia internacional no es pasible de ser considerado como un “espectáculo” en el sentido artístico, ya que lo único que determina el descomunal interés sobre él como espectáculo es lo que está en juego por el resultado. Tras un triunfo o una derrota cambian vidas y muertes, se disparan destinos estelares o se hunden en ciénagas infinitas. Jugar cada cuatro años -un período muy extenso- potencia aún más tal trascendencia económico-mediática.
Que sea demasiado lo que está en juego en unos pocos partidos mata al fútbol en cancha. Un rebote o mal pase puede cambiar el estado de ánimo en países y sociedades enteras, o modificar operaciones económicas por cifras astronómicas. Todo se tensa a un punto extremo, y la tensión en fútbol produce mayor cautela y temor, no en mayor vigor, atrevimiento y riesgo.
También influye para mal, un sistema de competencia absurdo, que obliga a los equipos con posibilidades a eliminarse a partir de octavos, sin posibilidad de desarrollo competitivo entre si. Se gasta un enorme tiempo en los tres partidos de primera fase: para lo único que sirven es para dar lugar a horribles equipos de relleno que la FIFA debe incluir por cuestiones económicas, obligando a los que realmente tienen chances al riesgo de lesiones en un partido de cruces azarosos, frente a bestias torpes. Ojalá se archive tal formato de play-off que lo único que asegura es el pánico de jugadores y técnicos, hasta prolongarse en alargues inhumanos, o penales donde parece que siempre gana el que peor jugó. No es fácil imaginar propuestas en algo tan cerrado como el fútbol, será tema de otro post.
Las esperanzas sudamericanas se sabotearon a sí mismas
Estoy convencido que Argentina tuvo cartas para torcer la ecuación de cualquier esquema dominante, pero por las erróneas decisiones del cuerpo técnico -en cuanto a la elección de las mejores opciones de plantel para momentos clave, sumado a algunos supuestos problemas internos- nos privó de desplegar el máximo potencial. El peor error fue escamotear la presencia de Messi, quien era la esperanza del fútbol impredecible y creativo. Con la excusa de “preservarlo” se lo excluyó de una titularidad indiscutible que, antes del mundial incluso, aparecía como un hecho natural. Por ignorancia, celos o necedad, el equipo argentino saboteó su mejor arma potencial, desechándola soberbiamente en los primeros partidos, cuando le alcanzó para ganar con elementos de inferior valía.
El mundo quería ver a Ronaldinho, a Kaká, y a varios de sus compañeros que podían inclinar el juego hacia la creatividad. De esto se encargó de privarnos el propio Brasil, sumido por su entrenador en una autoindulgencia malsana de creer que podía resolver todo sin despeinarse. La indolencia de sus figuras para superar las adversidades, llevaron al jogo bonito a un ahogo secular, sin encontrar el temido funcionamiento goleador.
Antes estas defecciones graciosas era de esperar que una vez más Europa fuera para los europeos, y valga la redundancia, para los defensivos.
Gracias a los que acompañaron, y una puteadita cariñosa y futbolera para las siguientes personas que me cagaron la ilusión:
- A Pekerman por sus errores y horrores.
- A Heinze por perder la marca de Klose en el gol de Alemania.
- A Ayala por ser mufa y entregar el penal.
- A Cambiasso por entregar el penal.
- A Riquelme por todo lo que no hizo.
¡Hasta Sudáfrica 2010!
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Si algo faltaba a la imbecilidad mediática, era la intervención de una gigantesca pantalla en el desarrollo del juego. Ya no importa si Italia es campeón de la mano de una justicia divina orientada desde el trono fífico, tampoco si merecía o no la copa. El partido fue horripilante, tacaño, mediocre. Francia por patear al arco como si fuera un arco iris, Italia por no patear ni cerca del banderín del corner. Pero volvamos a lo fundamental: no está contemplado en el reglamento arbitral del fútbol una expulsión a raíz de las imágenes que se repitan de la jugada. El árbitro ve la jugada o no la ve. Forma parte, junto con las líneas, los líneas y arcos, del campo de juego. El tipo está en acción, no es un observador distante. Si no corre, no ve. Si no tiene experiencia, no sirve. Elizondo no puede expulsar a Zidane con el argumento que vio la jugada en la pantalla. Sin la reforma del reglamento, su acción es totalmente ilegal, inaceptable.
Como siempre, los argentinos damos la nota en falsete. Elizondo por trucho, y Trezeguet por patear peor que cualquiera de nosotros. Por unos años, no vayamos a París, la vamos a pasar mal.
Omar Genovese
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O sea, hasta el último día del mes pasado. El mundial de los nuestros terminó el viernes 30 de Junio. Un chupetín mediático para muchos de los que, aferrados a las victorias del once futbolero nacional, las tomaron como propias. No existe coeficiente Gini que sostenga lo insostenible: millones de ángeles perdedores que cargan tristezas y hambrunas acumuladas por unos días cerraron los ojos y meta nomás: “Y dale alegría a mi corazón” ¿Qué se les puede reprochar? Son muchos, demasiados, los tumbados en penurias diarias: más del 45% de la población se encuentra debajo del índice de pobreza oficial; imaginar el real, provoca escozor y escalofríos. Digo: la vida que se vive por fuera del periódico impreso en las oficinas editoriales K. Y no intento correr el discurso de lo deportivo a lo sociológico, que de ello se encarguen los que saben, pero es indudable que es necesario e imprescindible reconocerse ganador de algo, aún siendo espectador. Y la puta, se volvió a perder, otra vez. Y duele, pues aún jugando bien -el que mejor lo hizo, seguramente-, se perdió. O sea: perdimos, fuimos, no va más. La pregunta surge inevitable ¿Qué hay que hacer para ganar algo, alguna vez, entonces? Mascullémoslo con algo de bronca: es muy parecido a vivir, más tarde o más temprano, y el que juega bien termina por ganar; la cuestión es que mientras tanto, se va la vida. Pero vivir sólo cuesta vida. Nada menos.
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Hoy es la final. La tan mentada, enfervorizante, adrenalínica. Dos equipos dejarán todo en el rectángulo de pasto. ¿Importa a los argentinos? No. Hoy el sol ha salido intenso, invitando a dar vueltas por ahí, para combatir el invierno o sus soplidos tímidos. Los gurúes vulgares, aquellos que tejieron su manto escéptico post corralito hacia el fútbol, habían supuesto lo definitivo: una final europea para europeos. Endogamia simple.
Debo reconocer que cierta razón los salva, al menos del falso orgullo. Pero salta la evidente miseria de los más ricos: el peor fútbol de la historia se enfrentará por una copa política. La que redimirá los blasones caídos de Italia (entre corruptelas, posibles caídas de categoría, mafia y política), o el espectro de diversidad racial y segregación económica en que la Francia actual ha sufrido con la quema inusitada de vehículos a manos de inmigrantes, tan inmigrantes como la mayoría de sus futbolistas. Bálsamo, ninguno. Quien gane tendrá un pasaporte político de bajo vuelo.
He visto diez mundiales de fútbol, y éste ha sido el más pobre de todos. Es probable que Italia llegue con un juego de equipo más contundente que Francia. De todas formas, ambos llegan -cada uno- con un penal definitorio y dudoso en su haber. Por lo que debemos concluir algo terrible: las buenas intenciones futbolísticas de nada sirven, salvo distracción de los dirigentes de turno.
De todas formas, salud Zidane. Salud Del Piero. Que la pelota brille, al menos, ese breve instante en la eternidad mínima de la inutilidad humana.
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Calidad italiana: Gigi Buffon y su novia, Alena Seredova.
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(M), del porteño, Buenos Aires, reina del platino.
Dícese del comerciante iletrado que trata de vender aquello inexistente, por un valor sideral que no lo justifica. También: medio periodístico que enmascara un mensaje comercial como nota cultural.
Agregados a un idiolecto (por idiota, y por dialecto):
Bambino: Jugador o técnico bufarra, cuya herramienta sexual es más poderosa que las dos piernas que lo sostienen. También: lenguaraz ingenioso de prosapia dudosa.
Bilardo: Sistema de presión sobre los jugadores rivales, conformado principalmente por la aplicación de elementos punzantes en las zonas pudendas de los mismos.
Monzón, ó Pasarella: Gesto técnico ampuloso, muchas veces encubierto con maestría, por el cual los rivales reciben un golpe furibundo con el/los codos, en la zona comprendida entre el pecho y la coronilla.
La 12: Irracionales homínidos nucleados en torno a diferentes actividades ilícitas (incluyendo servicios a políticos y comerciantes) que, ocasionalmente, vocean cánticos de su equipo en circunstancias favorables a sus intereses. Ver también: Hooligans argentinos, Borrachos del Tablón, Guardia Imperial o basura humana, usted elige.
Representante: Evasor impositivo, subcontratista, mercachifle, cuya actividad principal es vender a un jugador de fútbol por lo que dice que él vale y pagarlo por lo que la miseria dicta. También, ver: Quiebras dolosas de instituciones sin fines de lucro, blanqueo de divisas del narcotráfico, desfalcos al estado y tráfico de armas.
Tongo: Partido de fútbol cuyo resultado fue acordado previamente entre jugadores, técnicos y dirigentes. Ver: el asco que da sólo pensar un poco en los verdaderos significados de ciertas palabras.
Omar Genovese (arg.): espectador desesperado ante la degradación deportiva.
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Uno: A Lucho lo apretaron en su club cuando salía de la recuperación que llevaba a cabo en el consultorio de kinesiología del mismo. Los barras lo increparon, pidiéndole que colabore con mil dólares, como para empezar y por ser nuevo, le dijeron de manera piadosa. El pibe, recién llegado al club, se puso sin chistar. Enterado Daniel, le susurraron al oído, estalló en llamas. El Kaiser ardía, no podía comprender lo sucedido. El mismo los enfrentó hace un tiempo. Demasiado para él que desayunen, almuercen y cenen en la confitería del club. La merienda la saltean. Los barras viajaron a Alemania como héroes, llegando a Ezeiza en un bus, con banderas, bombos y camisetas. Fueron despedidos en el mismo estadio por algunos allegados. Llegar a Alemania fue un trámite: alentaron, se trenzaron con argentinos, los metieron presos, hicieron contactos con el consulado argentino, contrataron abogados argentinos y finalmente, lograron lo que buscaban: ir al estadio de Berlín, revender y además, por supuesto, “hacer el aguante”
Dos: El presidente de al AFA vendió entradas en Alemania a los hinchas. Eso dijo, que vendió, que para eso es el presidente de la AFA. Sí, allá, en Alemania. Condición: pagar con cambio. Qué sé yo. Piensen lo que gusten.
Tres: Joseph Blatter se horroriza de todo menos de lo que tiene que horrorizarse. Ahora, iniciará una profunda investigación para saber qué pasó en los incidentes post Argentina-Alemania. El dictamen saldrá en el preciso momento que Alemania termine su participación en el Mundial. Faltaba más. O sea, más allá del 9 de Julio. Investigue, Joseph, pero no tanto. Estoy furioso, confesó a la radio británica Five Live Sport.
Cuatro: Los arbitrajes dan pena. Es más viejo que el fútbol: no hace falta dar tres penales a quien se quiere favorecer, alcanza con colocar peso en la cancha que se busca perjudicar, soplar en su contra y el plano inclinado obtenido, hará el resto. Nunca existen dudas ante las dudas: se soplará para quien manda y se acabó. Al que no le gusta, que no juegue. Esto es para hombres. ¿Se adelantó el arquero alemán Lehmann?, solamente observará al arquero argentino adelantarse y si logra atajar algún penal ¿Simulación? Ni hablar. Lo de hace un rato en el partido Francia-Brasil es una muestra: 89 minutos, a soplar por los garotos que se acaba el mundo (o el mundial). Se nos van todos los modelos: Beckham y su niñera, Ronaldinho y su sonrisa Odol. Inventemos, inventemos algo. A ver…, un tiro libre. Eso: a favor de Brasil por una supuesta infracción de Thuram en perjuicio de Ronaldo. La pierna del francés pasó a medio metro del gordo, quien se dejó caer sin antes gritar, gesticular y de costado, mirar la repetición por el plasma gigante del estadio. Observen, por favor les pido, la foto.
Cinco: Francia ganó jugando a la pelota, gracias a la madre que lo parió a él. A Zizou, claro.
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A horas de dejar parte del corazón a las brasas, sólo me salen desordenados pensamientos. El momento de la reflexión estructurada o de la literatura futbolera llegará cuando mis aguas se aquieten.
-Duele haberlo tenido al partido ahí y no haber sabido ganarlo. Y me viene a la mente la imagen de que los grandes equipos, si hacen un gol en un segundo tiempo, no pueden dejarse empatar así nomás. Pero es fútbol y sucede, como cuando nos empataron un 2 a 0 en el 86 en 10 minutos. Argentina era más que Alemania, pero después del gol le faltó grandeza para sostener el partido y el resultado, se desinfló muy rápidamente y terminó agrandando a un rival en su único momento de dominio, apenas esos 20 minutos hasta que lograron el empate. Ese era el momento de “tener la pelota”, y ahí no se la tuvo, se terminó en un refugio nervioso contra la propia área. También la desgracia de Abbondanzieri influyó negativamente en el ánimo del equipo; fue eso, una desgracia, salió mal y un alemán encima le reventó la cadera. Se podía haber salido de contra pero claro, los CAMBIOS DEL HORROR conspiraron contra eso. Cambiasso por Riquelme es el primer cambio del horror, inexplicable y absurdo de toda absurdidad. Si quería más marca hubiera sacado a Lucho González que ni marcaba ni jugaba, cuando Messi quemaba el banco. Si es que Riquelme estaba cansado -o bien sucedió que el entrenador de repente se hartó de bancarlo jugar mal- lo lógico era el ingreso de Messi o Aimar en su lugar, y si quería defender poner otro defensor o el mismo Cambiasso por Lucho. ¿Pero a qué entraba Cambiasso por Riquelme? Por otra parte, haberlo incluido de titular a Lucho Gonzalez fue un despropósito, pero dejarlo 120 minutos en el campo para jugar los momentos más decisivos cumpliendo el rol de “armador” fue el colmo de la locura –venía de una lesión y de no haber jugado casi en todo el mundial-.
-Hablan maravillas de la actuación de Tévez, los mismos que declaraban orondos la condición de “insustituibles” de Saviola y Crespo, por proyectar de forma miope el exitismo de un primer partido y de un par de goles. Maldigo ese debut contra Costa de Marfil donde el error de Pekerman fue pasado a categoría de “acierto deslumbrante” y nos quitó de los que a mi juicio eran las dos cartas más desequilibrantes de Argentina: Tévez y Messi. Y un Messi no encasillado de delantero que fue donde la obsesión del técnico lo arrinconó, para preservar a su mimado esquema Riquelme-dependiente.
-Amargo es oír ahora a los bielsistas despechados como Victor Hugo Morales, prestos a hacer leña del árbol caído, criticando de esta gestión todo lo criticable y lo no criticable también, cosa que no hicieron frente a la vergonzosa perfomance del 2002. Lamento tener que coincidir con ellos en el señalamiento de algunos errores imperdonables de Pekerman, de todo este mundial y de este partido en particular, como la exclusión de Messi y la estéril propuesta del primer tiempo donde logramos el bendito objetivo de “tener la pelota” y neutralizar a los alemanes pero no nos sirvió para nada, ya que nos obsesionamos en el toque lateral y timorato, y en ataque fuimos tan livianos como Túnez a no ser por los intentos aislados de Patoruzú Tévez. Si tener la pelota se logra al precio de ser tan inocuo e inoperante en ataque como fue Argentina en ese primer tiempo, entonces tener la pelota es como una mera masturbación futbolística. Se padeció allí una alarmante falta de verticalidad, y todos sabemos que sin penetración no hay acto sexual, las caricias son una plataforma de preparación para lo otro, no un fin en sí mismo.
- Quedan los brillos y la garra de Tévez, Maxi, del Pato Abbondanzieri, Mascherano, a pesar de sus errores. Lo de Ayala fue increíble, ya que a pesar de haber jugado un mundial de promedio 8 puntos, el destino le puso nuevamente la mala fortuna de su lado en instancias decisivas al errar un penal después de haber jugado un partido excelente y haber hecho un gol tan importante en el partido. Del lado opuesto, ojalá el viento se lleve a Riquelme y su lentitud como titular indiscutible. Nunca más un equipo a partir de él. Creo que se lo esperó y mimó demasiado.
- Estoy triste doblemente, porque apoyé y apoyaré a Pekerman en su filosofía del fútbol. Porque reconozco los grandes méritos de su forma de actuar y trabajar. Porque valoro mucho su aporte para hacerle recuperar a todas sus selecciones buena parte de la identidad de nuestro fútbol. Por eso me dan tanta bronca los que yo creo fueron sus errores.
-El 12 de junio (no ahora, con la eliminación consumada) escribí al respecto.
Y fueron unos hijos de puta nomás.
No importa Lionel*, no saben lo que hicieron.
(*) Lionel, en referencia a Messi, no a Scaloni. (N. del E.)
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He perdido cosas importantes / tal vez las quise perder / Y ahora no encuentro ni a mi sombra / ni tu nombre.(Los Alamos)
Bueno, no es para tanto, pero qué linda canción. Tampoco voy a decir que lo importante es competir, ni que somos los ganadores morales, ni que hay una conspiración de la OTAN, el Grupo de los 8 y la FIFA, para amargarnos la vida. Si nos fifaron, fueron los alemanes. Un equipo eficiente y sin gracia. Como un Volkswagen.
Lo feo es que no queda nadie por quien valga la pena hinchar. En otros tiempos sería Brasil, pero éste no es un equipo de negros que se divierten, sino uno de millonarios a los que no les importa nada, que no es lo mismo.
Iba a fichar el corazón con las huestes ucranianas, pero no tuve ni tiempo de empezar a hacerme a la idea. Menos mal, perder dos veces en un día, ni que fuera mi vida…
Si creyese en la peste del linaje y la sangre tendría que elegir entre Francia e Italia, pero ni juntos tienen gracia. Bueno, los franceses inspiran cierta ternura, por las mismas razones que las manifestaciones de jubilados, pero nah…
Podría ser Alemania; aunque como dije el equipo me parece horrible, los alemanes me caen bien. Sus mujeres macizas e irrompibles. Su cocina embutida, grasosa. No son invasivos, esa impudicia de chistes y tocaditas que los porteños llaman pasión o sentimiento. Otra cosa a favor es que organizaron un mundial sin hit… ¿hay alguna canción del mundial? Si es el caso debe ser horrible, porque en la tele pasan la del de Italia. ¿Y el logo? ¿Tiene logo este mundial? No logo, no logo. Son grosos los alemanes. Y gruesos.